miércoles, 1 de diciembre de 2010

Recuerdos de la Infancia

Me ha parecido bonito...

Por Julio Antonio Rojas Rodríguez


Algo increíble del paso del tiempo es que nos da una perspectiva diferente de las cosas, y tiendes a ver el conjunto, la suma de las partes, el panorama completo. Sentarte y reflexionar sobre el pasado, te da la misma experiencia que mirar un álbum de fotos de un cumpleaños o evento importante.

Tienes la posibilidad de ver el todo, cada foto individual cuenta una pequeña parte de la historia, es el álbum completo el que cuenta toda la historia. Lo mismo ocurre con la memoria y el tiempo. A mi en particular, cuando viví los 80s, todo me parecía increíblemente tonto y vacío.

Con el paso del tiempo me he sentido increíblemente dichoso de haber vivido muchas “fotos” de esa década “perdida”: desde Motley Crue hasta Volver al Futuro, pasando por mil otras maravillas ochentosas. Es el conjunto de lo que fueron esos años los que le dan una profundidad que en aquel momento no tenían para mi.

Así que la vida y nuestros recuerdos se van formando de pequeñas partículas del tiempo, algunas que por si solas no tienen mucha repercusión e importancia, pero cuando las pones todas juntas a interactuar ocurre la magia.

La vida es entonces un cúmulo de experiencias temporales en los cuales la cultura predominante, de los años que te han tocado vivir, forman parte insoluble. Lo bueno de todo es que tus aficiones, gustos e ideas, te hacen buscar un camino en tu temporalidad.

Es esa ruta la que termina definiendo como persona. No puedes escapar a los años que te han tocado vivir, es cosa de buscar que quieres vivir en esos años, para que en un futuro puedas mirar atras y sonreír.

Pero volvamos más atrás, cuando era un niño, eran los años setentas, otra gran década que me gusta recordar, porque aunque no había dinero en abundancia, eso no importaba para ser feliz.

Aquí algunas reflexiones de aquellos años: A veces, al retroceder en el tiempo me pregunto ¿Cómo pude sobrevivir a mi infancia en los setentas? Pues no había nada de lo que ahora gozan los niños.

Las camas tenían escaleras y los juguetes eran multicolores con piezas que se soltaban o al menos pintados con unas tintas “dudosas“ conteniendo cualquier veneno. No había trabas de seguridad en las puertas de los carros, llaves en los armarios de medicamentos, detergentes o químicos domésticos.

La gente andaba en bicicleta para allá y para acá, sin casco, guantes, canilleras o coderas. Bebíamos agua de ollas de barro, de la llave, de una manguera, o de una fuente y no aguas minerales en botellas ¨esterilizadas¨.

Construíamos aquellos famosos carritos de ruedas y aquellos quienes tenían la suerte de vivir cerca de una bajada asfaltada, podían tentar de batir records de velocidad y hasta verificar en el medio del camino que habían gastado la suela de los zapatos, que eran usados como frenos. Y estaban descalzos.

Íbamos a jugar en la calle con una sola condición: volver a casa antes del anochecer. No había celulares. ¡Y nuestros padres no sabían dónde estábamos! ¡Era increíble!

Teníamos clases más horas que las de hoy en día, sobre todo en las escuelas oficiales. Brazos enyesados, dientes partidos, camisetas razgadas, cabeza pelada ¿Alguien se quejaba de eso? Todos tenían razón, menos nosotros.

Comíamos dulces a voluntad, pan con mantequilla, bebidas con la (peligrosa) azúcar. No se hablaba de obesidad, jugabamos siempre en la calle y éramos super activos .

Compartíamos con nuestros amigos una golosina comprada en aquella tienda de la esquina, y nunca nadie murió por eso. Nada de Playstations, Nintendo 64, X boxes, juegos de Vídeo , Internet por satélite, Video cassete y DVD, Dolby surround, Celular con cámara, Computadora, Chats en Internet, sólo amigos.

A pie o en bicicleta, íbamos a casa de nuestros amigos, aunque vivieran a varios kilómetros de nuestra casa, entrábamos sin tocar e íbamos a jugar.

¡Verdad! Allá afuera ¡En ese mundo inseguro! ¿Cómo era posible? Jugábamos fútbol en la calle, con una portería de dos piedras ... nadie quedaba frustrado y no era el ¡“Fin del mundo“!

En la escuela teníamos buenos y malos alumnos. Unos pasaban y otros eran reprobados. Nadie iba por eso a un psicólogo o un psicoterapeuta. No habia la moda de los superdotados, ni se hablaba de dislexia, problemas de concentración, hiperactividad. Quien no pasaba, simplemente repetía de año y trataba de nuevo ¡el año siguiente!

Nuestras fiestas eran animadas por tocadiscos con agujas de diamante deslizando sobre los discos de vinilo, luz negra y pastel, amenizado con refrescos.

Teníamos: Libertad, fracasos, éxitos y resonsabilidades. ¡Y aprendímos a lidiar con cada uno de ellos! La única verdadera pregunta es: ¿Cómo la gente consiguió sobrevivir? Encima de todo ¿cómo conseguimos desarrollar nuestra personalidad? ¿Eres también de esa generación?

Si le cuentas o le preguntas a los niños de ahora, todo esto que viviste, sin duda van a responder que era aburrido, pero ... ¡¡¡Cómo éramos felices!!!

1 comentario:

  1. Es bonito! Si les cuentas eso a los niños, más que aburrido seguro que nos miran con cara rara, como si fuéramos extraterrestres. Gracias por compartirlo Jordi.

    pd.: (seguro que tu mujer está de acuerdo conmigo) NANCY FOREVER!!!!!...y lo siento por las Brazt y las Moxies :)

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