viernes, 29 de octubre de 2010

RITALINA : CHALECO DE FUERZA QUIMICO

Extracto del libro “En Peligro” Tu hijo en un mundo hostil de Johann Christoph Arnold.



Últimamente hemos llegado a considerar la niñez como una fase que debe tratarse con ciertas reservas. No sólo les hacemos sentirse culpables hasta a los más pequeños. En clase y en el recreo, aplastamos a niños, grandes y pequeños, ricos y pobres, no porque sean rebeldes o indisciplinados, sino porque se comportan como los chiquillos que son.


Lo que hoy llamamos “problemas”, solía aceptarse como rasgos normales de la infancia. Al niño impulsivo, exuberante, espontáneo o audaz ahora lo diagnosticamos como hiperactivo, y le administramos medicamentos para domarlo. Me refiero, por supuesto, al uso generalizado del Ritalín y otros fármacos semejantes, y a la fascinación del público por las medicinas como si fueran la panacea universal.

No hay dudas de que el Ritalín es un medicamento adecuado para tratar ciertos trastornos muy específicos.

No obstante, en los últimos diez años se ha triplicado su uso. Cabe preguntarse si no se abusa del Ritalín como un curalotodo contra, entre otros, el trastorno del déficit de atención e hiperactividad, e incluso para refrenar a niños dinámicos que no tienen realmente tal trastorno.

Además, muchas de las características que se dicen ser sintomáticas de esa supuesta enfermedad no son otra cosa que la defensa del niño contra una vida demasiado estructurada—una reacción normal que solía llamarse “válvula de escape”—o bien, síntoma de anhelos emocionales insatisfechos.

Jeff, un viejo amigo, me brinda este ejemplo conmovedor:

Jerome, un niño de ocho años que vive en Seattle, vino a pasar el verano con nosotros para salir de la ciudad. Cuando llegó, era un desastre, aunque tomaba Ritalín. A los dos o tres días, poco a poco disminuimos la dosis, ya que tenía suficiente espacio para jugar y no armaba bochinche, sino que él
mismo empezó a dominarse. En su casa (en un edificio de apartamentos), lo único que podía hacer era ver televisión. El cambio fue notable.

Cuando el chico llegó, era incapaz de fijar su atención en nada por más de un minuto, tan agitado y distraído estaba. Senté algunas reglas básicas y le di tiempo. Lo llevé a pasear en bicicleta, porque solo se sentía inseguro…

Hacia el fin de su estancia estaba tan asentado y feliz que en un momento me preguntó si me podía llamar “papá”. Casi me desmayé. Ese chico no necesitaba Ritalín; lo que le hacía falta era aire fresco —y amor.

De vuelta en su casa, Jerome muy probablemente habrá recaído. Le habrán recetado más Ritalín para suprimir sus “síntomas”. Y seguimos preguntándonos si alguna vez recibirá la atención que requiere, ya sea en su hogar o en la escuela. Por suerte, un número creciente de personas plantean esa pregunta.

Citemos al psiquiatra y escritor Peter Breggin, conocido por su libro Talking Back to Ritalin (La refutación del Ritalín).

Medicamentos como el Ritalín se consideran una panacea para el tratamiento de trastornos emocionales y de conducta… Pero creo que el uso excesivo que se hace de ellos es pavoroso. Cuando el Instituto Nacional de Salud me pidió que participara en un debate sobre los efectos de esos medicamentos, revisé la literatura pertinente y descubrí que, cuando se administran a animales, éstos dejan de jugar, de manifestar curiosidad, de relacionarse, y no tratan de escapar. El Ritalín crea animales dóciles en cautiverio… Nosotros producimos niños dóciles en cautiverio. Es muy fácil decir que se necesita una aldea para criar a un niño, pero en la práctica nos comportamos como si bastara una pastilla.

A esta supresión de la infancia por medio del Ritalín, Breggin la llama “el chaleco de fuerza químico”. Pero hay miles de otras maneras por las cuales el niño es presa de nuestro afán de comodidad y dominio. Lo más chocante son los atropellos y el maltrato que sufren los niños, no por parte de extraños o de delincuentes declarados, sino a mano de sus propios padres y tutores, personas “normales” que pierden el control y revientan cuando las cosas no salen como quieren.

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YO AMO A ALGUIEN CON...¿TDAH? by Jordi Badia